La tarde no quería caer. A pesar de la hora, el Sol
bañaba las calles brillando alto desde el cielo. El calor se hacía notar en el
aire que me acariciaba la cara y los brazos. Era un día veraniego, siendo aún
primavera… ¡Ah la primavera! Las plantas nacen, crecen, dejan salir sus flores,
la gente pasea, los colores y los olores toman vida… Y yo aquí, sentada en la
escalera de entrada a la escuela de música, mi segundo hogar… Esperando la hora
de entrar a clase. Estoy sola, sentada en el tercer peldaño apoyada sobre una
de las grandes columnas contemplando la calle y los coches aparcados.
Qué diferencia con otros días. La mayoría de veces
la entrada está llena de niños correteando mientras sus padres o sus madres
hablan con los estuches de los instrumentos en la mano, a veces hay jóvenes
conversando con los instrumentos apoyados en las columnas. Todos esperando su
hora de clase o despidiéndose de los compañeros al haber salido.
Sin embargo hoy yo estaba disfrutando del silencio
de mi soledad… Sin niños que corrieran ni padres que hablaran ni jóvenes que
comentaban las clases o los ensayos, yo sola.
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