El aroma de la ropa recién tendida invadía el
ambiente. Las guitarras de Guns’n Roses resonaban en mi cabeza mientras las
mías descansaban arriba en mi habitación. Esa habitación cuya ventana observaba
pensativa desde el jardín, sentada en aquel, no tan viejo, balancín, perdida en
mis pensamientos. Podía pasar horas meciéndome al compás de Axl Rose y su
banda… Tras ellos tocarían Nickelback o One Republic… ¿Qué más daba? Las notas
bailaban en mi cabeza mientras yo paseaba mi mirada desde la ventana al cielo y
la bajaba hasta el jardín. Ni una nube, el Sol pensaba ya en irse pero aún no
se teñía el cielo de oscuro. Aquel celeste, casi veraniego contrastaba con el
otoñal marrón de las hojas en la parra… Aquel marrón que también coloreaba los
árboles del Retiro en Madrid… Tan lejana que estaba Madrid y me bastaba cerrar
los ojos para volver allí entre recuerdos. Recuerdos de un viaje que guardaría
siempre cerca de mí. Las bromas, el autobús, las noches sin dormir, el frío, la
lluvia… Allí sí que era invierno…
Recuerdo la última noche. La Luna se escondía en un
manto de oscuras nubes que la protegían usando el agua que tenían como
proyectiles para lanzarnos. La gente se refugiaba entre paraguas y cada cual
seguía con su trayecto. De un lado a otro la gente cruzaba las plazas, las
calles… Todo era bullicio, nadie pensaba en nada, nadie escuchaba nada, nadie
miraba nada. El repiqueteo de la lluvia en las chapas de los quiscos, el vals
de paraguas, el juego de luces… todo ignorado, todos iban a un ritmo propio y
todos vivían en armonía…
Así es la vida, una perfecta armonía de imperfectos
ritmos aparentemente independientes.