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sábado, 4 de abril de 2015

Pongamos que hablaré de Madrid

El aroma de la ropa recién tendida invadía el ambiente. Las guitarras de Guns’n Roses resonaban en mi cabeza mientras las mías descansaban arriba en mi habitación. Esa habitación cuya ventana observaba pensativa desde el jardín, sentada en aquel, no tan viejo, balancín, perdida en mis pensamientos. Podía pasar horas meciéndome al compás de Axl Rose y su banda… Tras ellos tocarían Nickelback o One Republic… ¿Qué más daba? Las notas bailaban en mi cabeza mientras yo paseaba mi mirada desde la ventana al cielo y la bajaba hasta el jardín. Ni una nube, el Sol pensaba ya en irse pero aún no se teñía el cielo de oscuro. Aquel celeste, casi veraniego contrastaba con el otoñal marrón de las hojas en la parra… Aquel marrón que también coloreaba los árboles del Retiro en Madrid… Tan lejana que estaba Madrid y me bastaba cerrar los ojos para volver allí entre recuerdos. Recuerdos de un viaje que guardaría siempre cerca de mí. Las bromas, el autobús, las noches sin dormir, el frío, la lluvia… Allí sí que era invierno…

Recuerdo la última noche. La Luna se escondía en un manto de oscuras nubes que la protegían usando el agua que tenían como proyectiles para lanzarnos. La gente se refugiaba entre paraguas y cada cual seguía con su trayecto. De un lado a otro la gente cruzaba las plazas, las calles… Todo era bullicio, nadie pensaba en nada, nadie escuchaba nada, nadie miraba nada. El repiqueteo de la lluvia en las chapas de los quiscos, el vals de paraguas, el juego de luces… todo ignorado, todos iban a un ritmo propio y todos vivían en armonía…


Así es la vida, una perfecta armonía de imperfectos ritmos aparentemente independientes.

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