La suave llovizna se escuchaba
fina como si se deslizara hacia el suelo en vez de caer. El balancín me mecía
dulcemente. El cielo estaba teñido de naranja, cubierto con las nubes del
desierto. La tenue luz que apenas existía casi no me permitía percibir las
formas de las plantas del jardín... La brisa me acariciaba con la ayuda de mis
largos cabellos mientras yo contemplaba algún punto lejano... Lejano y profundo
en la oscuridad de la noche... La tele del salón susurraba a modo de canción de
cuna. Ni sé qué estaban echando, ni en qué canal estaba... No me importaba...
Recuerdo el aroma de las flores como un perfume fresco, de esos que siempre son
agradables... El agua seguía brotando de las nubes, pero apenas se notaba; yo
no me mojaba, porque el balancín estaba en el rincón cubierto... Era agradable,
y más después de haber pasado un día sin separarme de los ventiladores...
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