La rutina... la rutina cansa,
es pesada, repetitiva... Algunos la consideran como algo que posee al hombre, algo
que acaba consumiéndolo, convirtiendo nuestra vida casi en algo automático,
como si fuéramos máquinas... El mundo es algo que se mueve sin parar y las
gentes van y vienen viviendo sus vidas a la vez, entrelazándose. Cuando tú te
levantas, hay gente acostándose, pero también hay gente conduciendo,
escribiendo, haciendo deporte... Es algo casi mágico, formamos parte de este
continuo movimiento sin darnos cuenta.
Yo misma caminaba por donde
siempre, el mismo camino de todos los días de regreso a casa desde el
instituto. Mirando hacia abajo, contemplando mis pasos mientras disfrutaba de
mi música o en esta ocasión, como en la canción de Rosendo, el ruido de la
ciudad, y reflexionaba, como solía hacer.
Pensaba precisamente en mi
rutina, parecida a la de cualquier estudiante: madrugar, asearme y vestirme, ir
al instituto donde entre cachondeos y lecciones se pasa la mañana, volver a
casa a comer y estudiar; sólo variaba los lunes y viernes para ir a música por
la tarde; y los fines de semana solía salir por ahí con amigos, estudiar,
levantarme más tarde y ayudar en casa...
Casi a tempo con mis
pensamientos la suave brisa de otoño que sentía en la cara balanceaba mis
cabellos sueltos. Veía las hojas caídas marrones pasear por el suelo. Podía
escuchar los cantos de los pájaros, mientras caminaba por el parque donde
algunos niños ya jugaban... Mirando al cielo pude contemplar alguna que otra
nube. Al entrar en mi calle, una explosión de colores me daría la bienvenida;
los coches de los vecinos, a un lado colores brillantes con el sol reflejándose
en ellos, al otro, coches a la sombra que parecían dormidos…
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